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viernes, 24 de diciembre de 2010
martes, 21 de diciembre de 2010
lunes, 20 de diciembre de 2010
El trabajo del perdón en la memoria colectiva.
Ricoeur toma del psicoanálisis los elementos para comprender y explicar las características de lo vivido por un sujeto en el cual el recuerdo reprimido sigue operando como trauma, sólo que en su caso se trata ya de un sujeto colectivo cuyos cuerpos y cuya memoria se encuentran heridos por acontecimientos de la historia.
Entonces, si por parte de un sujeto individual es necesario un proceso de trabajo que pueda conducir a una cura psicoanalítica, en una colectividad herida, dice Ricoeur, el camino tiene que ser similar al propuesto por dicha terapia.
¿Esto significa que el historiador o filósofo de la historia ejercería, por analogía, el rol del psicoanalista? Ya Nietzsche se había caracterizado a sí mismo como médico de la cultura, aunque si aceptamos esta sugerencia, podemos preguntarnos con todo derecho en qué consiste la cura de la psique colectiva de un pueblo determinado, y si es posible, y cómo debe implementarse una terapia.
El psicoanálisis es una cura por la palabra, ya que es por medio del lenguaje[1] que el ser humano puede dar cuenta de sus estados psíquicos y así manifestarse, a los ojos de la cultura, como enfermo o sano. El lenguaje es también la vía terapéutica para una colectividad herida, y el lenguaje se manifiesta en la cultura y por la cultura. Todo está inscripto en la psique de un pueblo, y sus huellas permanecen algunas latentes y otras manifiestas, pero todas operando en distintas profundidades. ¿Qué olvida un pueblo en determinadas circunstancias? ¿Cómo se le hace olvidar? ¿Qué función podría ocupar el perdón como trabajo consciente de enfrentar las heridas e intentar curarlas una y otra vez?
Lo más difícil es, desde el punto de vista filosófico, caracterizar la posibilidad de un perdón genuino operando sobre la psique colectiva, sobre la memoria histórica, especialmente cuando ésta ha sufrido en carne propia la tortura, la explotación y la muerte.
Sugerimos que la clave, en tradición psicoanalítica, está en el uso del lenguaje, en la apropiación de la palabra, de la voz negada pero nunca desaparecida. El inicio de un verdadero proceso de perdón sólo es posible, intuyo, cuando una colectividad es capaz de poner signos (o mas bien símbolos, diría Kusch[2]) a su dolor. Éste es el camino de la reelaboración que conduce a la cura.
La acción simbólica terapéutica puede manifestarse de múltiples maneras, pero siempre en el lugar de lo público, que es el espacio de la colectividad, y así el perdón se torna acontecimiento geopolítico que expone su peculiaridad frente a la historia:
“Al parecer, la evocación de los recuerdos traumáticos llevada a cabo por el paciente no es evidente. Se encuentra con dificultades que sólo pueden eliminarse gracias a la intervención de un tercero. Podría decirse que éste ‘autoriza’ al paciente a recordar (…). Esa autorización consiste en ayudar al paciente o, mejor dicho, al analizado a llevar al lenguaje sus síntomas, sus fantasmas, sus sueños, etc. Ahora bien, el juego de lenguaje en el que se lleva a cabo esa exteriorización, esa ex-presión, es de carácter narrativo: el relato y los síntomas, hablando propiamente, se cuentan, así como las restantes historias vitales. No obstante, esa mediación lingüística no puede inscribirse en un proceso de derivación a partir de una conciencia originariamente privada. De entrada, es de naturaleza social y pública.”[3]
Mientras permanece solapado el recuerdo opera ciertamente en la psique pero, desde el punto de vista colectivo, a la manera de una latencia social; y sólo se vuelve actividad reparadora cuando se vence la resistencia que reprime el dolor sufrido y sube a la superficie de lo público en la forma del símbolo (lugar resignificado, palabra, obra artística, restitución de la dignidad, etc.) que posibilita pasar de la memoria a la historia.
Un presidente elegido en democracia pide al general del ejército que quite de su lugar la imagen de un pasado dictador de su país. El símbolo político habla de un cambio de lugar, de una espacialidad restituida por la declinación de un lugar ocupado por un violador de los derechos fundamentales. Aquí el ejemplo de una acción reparadora, del uso del lenguaje como gesto ideológico y por esto cultural. Por éste y otros gestos-símbolos, una colectividad comienza a movilizar sus propias latencias, las propias heridas que piden ser sanadas. ¿Qué lugar hay aquí para el perdón?
El perdón es un proceso, no un único acontecimiento mágico que consista en borrar sin más las inscripciones dolorosas sufridas en los cuerpos de una colectividad. Esto sería una forma de olvido que no termina nunca de resolverse como tal, ya que la violencia ejercida sobre un colectivo siempre termina por darse a conocer y así se torna imposible de olvidarse.
El perdón es un proceso de recuerdo constante, pero de un recuerdo transfigurado por acciones de reparación que traen justicia y por acciones de resignificación que evitan la venganza porque ahora se cuenta con una nueva mirada sobre los acontecimientos.
En esto consiste, a mi entender, la reelaboración, el trabajo de duelo necesario y productivo que debe hacer el herido para sanar verdaderamente. Cuando perdono no olvido, sino que recuerdo de otra manera, con dolor, pero con un dolor resignificado.
El trabajo de resignificación es tal cuando dota de un sentido a la vida de quien ha sido herido. Ahí permanece la huella de la violencia, pero ahora convertida en símbolo que alimenta el sentido de la vida vivida y por vivir y de la muerte padecida y por padecer. Este sentido es construido desde el perdón y la justicia, y como tal siempre es un sentido posible y no una única y definitiva determinación existencial que se naturalice en una especie de vocación última, aunque sí sea trascendente en su plenitud porque abre el horizonte de posibilidad que la muerte y la injusticia pretendían haber cerrado sobre la memoria colectiva herida.[1] Entiendo aquí el lenguaje en su más amplio sentido, abarcando no sólo el ámbito de lo estrictamente discursivo-textual, sino toda semiosis que se desprende de un juego significante, como puede ser una acción, una obra artística o arquitectónica, un gesto político, un cambio económico, etc. Todo funciona, en este amplio sentido, como inscripción, como huella disponible para ser leída por quien tenga las competencias adecuadas o la mirada atenta.
[2] “(…) Todo grupo humano estructura su pensar en torno a símbolos. (…) El pueblo no vive su cultura como un simple entretenimiento, sino como una forma de concretar en una fecha determinada, o en un ritual cualquiera, el sentido en el que intuitivamente descansa su vida.” Kusch, R.; en Esbozo de una antropología filosófica americana. Págs. 19-20
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